25 feb 2013

LA METÁFORA DE LA ENERGÍA


Detrás de toda dificultad que experimentamos, de todo problema que nos pueda surgir, muchas veces tenemos unas ideas limitantes que nos hacen situarnos en una posición sin poder, haciéndonos pensar que no servimos para nada, que no tenemos nada que hacer, que el problema es más grande que nosotros mismos, sintiéndonos víctimas de la situación. Desde ahí, desde el victimismo es difícil sentirnos dignos de resolver nuestro problema, nos quedamos en el “no puedo”, en la culpabilización y en la queja.

Un problema recurrente hoy, para muchas personas es la falta de dinero y trabajo. En ocasiones la situación nos puede llevar a sentirnos indefensos y desesperanzados. En otras ocasiones, confusos, desanimados, irritados,  como si no hubiera nada que pudiéramos hacer. Rindiéndonos a la adversidad o negándonos a ella. Es verdad que vivimos en un momento crítico, de cambio fuerte en donde de repente, el dinero se mueve por diferentes  canales a los acostumbrados. Sin embargo, muchas veces nuestras creencias fijas y limitantes en torno al dinero, el trabajo y la riqueza, aquellas que condicionan nuestras maneras de estar y actuar, nos impiden creer que otra realidad es posible, que otra manera de hacer las cosas , no sólo es posible si no, necesaria.

Otra manera de abordar nuestra falta de trabajo o dinero, es como un problema a resolver o una dificultad a superar. Al fin y al cabo, el trabajo es algo que puedo aportar yo a mi comunidad y a mis congéneres, resolviendo el problema de otra persona o ayudándola a superar alguna dificultad. Otros aportaran por mí, haciendo sus trabajos. El dinero es un medio de intercambio de los problemas resueltos, no el único. Intercambiamos también afecto, atención, agradecimiento y cuidados. La riqueza es la sensación de bienestar que obtengo cuando llego a la solución del problema. Todo ello es parte de la energía que intercambiamos con el universo.

Nos guste o no, los problemas son naturales, forman también parte del proceso de vivir. Tenemos un problema cuando deseamos ser o tener alguna cosa o, estar de alguna manera que ahora no es. Queremos tener más trabajo para ser más ricos y sentirnos con más bienestar, por ejemplo. Cuando tenemos una necesidad insatisfecha, hay algo natural que nos moviliza a la acción.  Es por eso que los problemas no han de ser un impedimento, simplemente exigen un movimiento, un crecimiento de las personas. Son en realidad, una oportunidad para revisar nuestros hábitos, nuestras creencias limitadoras, actitudes negativas y pensamientos que ya no nos sirven y así, crecer. A pesar de la dificultad, podemos siempre encontrarnos con nuestros talentos y habilidades y transformarnos en algo mejor, en alguien que ayude un poquito más a la gente a resolver sus problemas. Siempre hay cosas que podemos hacer para hacerle la vida más fácil y amable a alguien.
Así que para trabajar, hoy más que nunca, más que ofuscarnos en sólo buscar dinero, clientes, oportunidades e ideas milagrosas, tenemos que preguntarnos qué problema podemos solucionar, qué cosas hay por hacer. Encontrar necesidades,  en dónde la gente se encuentra con dificultades y problemas a resolver y aportar lo que sabemos hacer. Seguir siendo útiles a nosotros mismos y a los demás. Seguir intercambiando energía.
No tenemos que quedarnos sólo, con la frustración por el dinero o trabajo que no tenemos. Aunque no los tengamos y los estemos necesitando, no nos podemos dejar paralizar por esa situación. Hemos de seguir pensando en eso que nos gusta y que queremos hacer para los demás: cocinar, cuidar, plantar, sanar, cantar, tratar con gente, pintar, lo que sea. Y encontrar la manera de disfrutar haciéndolo, haciéndolo bien. No hemos de desesperar porque la solución no sea inmediata y sí deleitarnos con las señales de que algo bueno estamos aportando. Seguir perseverando y mantener una actitud de ilusión y cuidado para conseguir nuestra meta. La diferencia entre un sueño y una meta satisfecha, es un proyecto. Así que hay que soñar y proyectar.  En el recorrido, pasaremos por altibajos, momentos de fluidez y otros, de dificultad. Sin perder el prisma de que el valor está en nosotros, capaces siempre de construir futuro, intercambiando con los demás, haciendo fluir la energía. 

Publicado en el Última Hora de Menorca el 22 de febrero del 2013

9 feb 2013

AÑOS DE INFANCIA, CARÁCTER Y SONRISA

Nuestra personalidad, esa instancia desde la que nos presentamos al mundo y bajo la cual interpretamos lo que el mundo nos va a ofrecer, es una combinación de nuestro temperamento y nuestro carácter. Se va modulando con la vida, habiendo configurado sus bases  en los años de la infancia. No es todo lo que somos, no es todo nuestro ser, es nuestro vehículo en el mundo terrenal, la máscara con la que nos mostramos y el filtro con el que entendemos la vida.
Al nacer, es cierto que venimos ya con una impronta, una tendencia energética, una manera de ser a la que llamamos temperamento y que tiene un origen fisiológico e innato. Sin embargo, hoy sabemos que su estructuración depende tanto de la herencia genética como de la vivencia uterina del bebé durante toda su gestación. El estado de la madre durante el embarazo, si ha estado muy agitada o tranquila, lo que le pasó, todo ello troquela la urdimbre del nuevo ser. Es la primera huella con la que nacemos, como los cimientos de un edificio en construcción, casi imposibles de modificar, podemos si acaso más adelante, regularlo un poco con nuestro carácter que sí es más flexible. Por eso es tan importante la atención y el cuidado en esos primeros momentos de vida intrauterina, donde la semilla inicia su desarrollo.
Una vez la personita llega al mundo, la vida va volcando en ella un entramado de estímulos e información que va configurando su carácter,  la manera característica  con la que se comporta para conseguir  satisfacer sus necesidades. Sus bases se elaboran en los primeros años de infancia, en donde se configura su estructura y va incorporando matices a medida que el niño crece y la persona madura. Si seguimos con la analogía del edificio en construcción, en los primeros años es cuando se levantan los muros, suelos, aislamientos, canalizaciones, etc. Sobre la estructura base seguimos, con la vida, añadiendo puertas, ventanas, baldosas, quizás más adelante  reformemos nuestro edificio moviendo paredes, pero es claro que dependerán mucho de la estructura base, la solidez y calidad de nuestro edificio en construcción. Por eso le damos tanta importancia a los primeros años de vida, a lo que el niño recibe del entorno, haciéndonos eco de que el niño está desarrollando su forma de ser, su proceso de vivir, de enfrentar sus circunstancias y sobrevivir, que lo acompañarán a medida que crece, aunque vaya incorporando, desechando o transformando aspectos de sí mismo que  modelarán su carácter, haciéndole tender hacia la salud o la enfermedad, hacia la cordura o la locura. 
 Al nacer y en cada momento de la vida, de manera innata, organísmica, nos relacionamos con el entorno para desarrollar nuestras potencialidades y conseguir satisfacer nuestras necesidades de supervivencia, bienestar, identidad y libertad. Somos seres autorregulados. En cada una de las distintas fases madurativas, se activan en nosotros unas potencialidades que siguen un ritmo natural, marcado por el desarrollo físico y que se actualizan si el entorno nos lo permite. Según como sean transitadas estas etapas, iremos incorporando unas u otras características que definirán nuestro carácter. Cuando niños nos es necesario construir fuerte nuestro carácter ya que es la mejor manera que tenemos de satisfacer nuestras necesidades. Con la edad es bueno hacerlo flexible ya que las circunstancias y las necesidades cambian, ir más allá de él, conocerlo y cuestionarlo.
Así, nuestra personalidad, los trazos, maneras, y patrones de comportamiento, pensamiento y emoción que nos caracterizan a cada cual, está íntimamente marcada por nuestra historia de vida y se mantiene en continuo desarrollo hasta la muerte.
Por eso es valioso que un niño encuentre un entorno estable al nacer,  unos padres que lo esperan con expectación  y le sonríen al verlo crecer, con una comunidad que los acompaña y apoya, por que todo ello marcará su carácter, la personalidad con la que vivirá su vida y proyectará en el mundo. Por eso es valioso que el niño perciba la vida  de manera serena y relajada, permitiéndole explorar sus recursos con confianza y tranquilidad, ofreciéndole afecto y sentido de pertenencia para así poder encontrar su propio brillo y sentirse creador de su vida, responsable y libre al mismo tiempo.
Ya que estos primeros pasos en la construcción del carácter dependen íntimamente de la calidad de la mirada que recibe el niño al crecer, de cómo se relacionan con él las primeras figuras de referencia y éstas con el entorno, es por todo ello muy importante una actuación consciente en nuestro hacer adulto  a la hora de criar, educar y relacionarnos con nuestros niños. Hacernos conocedores de nuestro propio carácter nos ayudará en esta tarea, ya que es a través de él que nos relacionamos con ellos. Si estamos siendo poco afectivos, gruñones o ansiosos, que son nuestras marcas, lo estamos poniendo en nuestro trato con los niños. Si estamos siendo cariñosos, comprensivos y confiados, igualmente lo estamos poniendo en nuestra relación con ellos, marcando también su carácter. ¡Qué mejor que una huella amable, una buena inspiración, en la construcción del carácter de un niño! Tan fácil como comenzar simplemente  sonriéndoles un poquito más.
Publicado en el Última Hora de Menorca, el 8 de febrero del 2013

28 ene 2013

ARMONIZANDO DIFERENCIAS

Que en la vida tenemos conflictos, de eso no cabe duda. Entramos en conflicto en múltiples y diversas ocasiones: con nuestros hijos, nuestras parejas, con nuestro jefe, nuestros compañeros de trabajo, hasta con nosotros mismos. Sobre todo cuando nos empeñamos en tener razón y sobre ella argumentamos para conseguir nuestros objetivos, eludiendo las emociones que discurren de uno y otro lado.
Un conflicto siempre está definido por una contradicción, una diferencia. Tiene que ver mucho más con emociones que con razones. Surge de la incompatibilidad de objetivos entre dos o más  personas, grupos, países, o entre dos o más partes de un mismo individuo: una parte quiere algo que no puede conseguir, por que algo que tiene que ver con la otra parte,  se lo está impidiendo. Los puntos de vista son diferentes (lo cual no ha de ser problema, de hecho son una gran fuente de creatividad), sin embargo, una parte se quiere imponer a la otra, sea como sea.
Para transformar nuestro conflicto y encontrar una vía de resolución pacífica, hemos de querer armonizar nuestras  diferencias, encontrando una solución que satisfaga a las dos partes,  desde el entendimiento, buscando el acercamiento, no buscando tener la razón por encima de todo, ni salir victoriosos. Hemos de poder salir de ver la solución desde una óptica de ganar o perder (o gana uno y el otro pierde, o al revés), para adoptar una óptica más amplia, desde donde podamos ganar los dos, puesto que si no ganamos ambos, quedaremos enfrentados y enganchados al conflicto.
Si de verdad queremos resolver un conflicto, tenemos que trabajar juntos, con la otra parte, hacia una nueva realidad. Escuchándonos y atendiendo las  necesidades de ambos. Hablando de sentimientos. La solución está más allá, en el lugar al que ambos queremos llegar. Hemos de echar mano de nuestra empatía y creatividad.
¿Cuál es ese lugar al que queremos llegar?  Sobre todo, a un lugar de paz, en donde ya no tengamos conflicto. El conflicto es desagradable queramos o no, para todo lo que lo rodea, las partes implicadas, por supuesto. La paz, la armonía, el entendimiento, son valores mucho mayores que cualquiera de nuestros objetivos, sobre todo si, para conseguir estos últimos, hemos de quedar enfrentados.
Lo que nos proporciona la paz y la armonía en realidad, es la satisfacción de nuestras necesidades. Y cuando digo necesidades es tal cual: necesidades, no objetivos, no caprichos, no intereses, si no necesidades humanas. Me refiero a las condiciones, cambiantes en cada época y cultura, que configuran nuestras necesidades básicas, que son universales y que tantas veces son ignoradas. Repito, ignoradas. Me refiero entonces, a la necesidad de:
-          Sobrevivencia: todos queremos vivir  nuestra vida con la expectativa de vida que corresponde a nuestra cultura y de la manera más saludable.
-           Bienestar material: necesitamos una casa, alimento, educación, medios para desenvolvernos en nuestro medio social…
-          Identidad: un sentido de la vida. Sin ese sentido de la vida no tenemos identidad.
-          Libertad: de elección. No queremos que nos manden todo el tiempo.
Si nuestras necesidades no están siendo satisfechas, el movimiento natural es hacia la satisfacción de esas necesidades, sea como sea, luchando, interponiéndonos, o resignándonos amargamente, con rencor. Sin encontrar solución, la contradicción permanece ahí, no consigo lo que necesito. Me frustro, me enfado, pierdo la esperanza, creo que el otro es cuando menos, estúpido por que se interpone en mi camino. Eso lleva, más pronto o más tarde, a una conducta violenta, tanto si es física, como psicológica o social. La violencia no resuelve la contradicción, genera siempre, más violencia. Quizás consigamos lo que queremos a través de ella, sobre todo si somos más fuertes (física, intelectual o socialmente), pero la contradicción no se resuelve. Así que, en cuanto el otro coja fuerza…volverá al ataque.
Démosle pues, la vuelta al círculo vicioso. Pongamos una mirada más amplia a nuestras diferencias, cambiemos el “chip” y en lugar de tratar de salirnos con la nuestra, sea como sea,  atendamos honestamente a nuestras necesidades y las del otro, observándolas, dejando que se expresen y visualizando otro lugar posible donde las dos partes nos sintamos lo más satisfechas posible, donde las dos sintamos que hemos ganado.
Publicado en el Última Hora Menorca, el 26 de Enero del 2013.

21 ene 2013

SABIDURÍA ETERNA

Buceando en la red, he encontrado este bonito video con el que comparto filosofía y me sirve de inspiración. Ojalá os guste


10 ene 2013

EDUCAR CON EMOCIÓN

A la hora de educar, nuestro foco de atención  debería de ir mucho más allá que a la adquisición de unos conocimientos encaminados a la obtención de un puesto de trabajo. Si queremos educar para la paz en un mundo globalizado, hemos de apostar por una educación más integral, que ayude a los niños a aprender a desenvolverse en situaciones diversas, a responsabilizarse, a conocerse a sí mismos, a saber relacionarse, a superar obstáculos, a cooperar, a encaminarse hacia lo que necesiten conseguir con dignidad y a cuidar del planeta que les acoge y sustenta.
Para todo ello, igual o más importante que el desarrollo de la inteligencia intelectual, es el desarrollo de la inteligencia emocional, aquella que nos permite gestionar nuestras emociones facilitándonos unas mejores relaciones sociales y una mejor relación con nosotros mismos, mientras caminamos hacia nuestros objetivos teniendo en cuenta a los demás y al entorno.
Un buen manejo, una buena gestión emocional, no significa control emocional. Las emociones no se pueden controlar. Las sentimos aunque no queramos, son organísmicas, surgen por algo, nos aportan una información y buscan expresarse. Si no, su energía queda contenida y buscará salida por otro lado, a través de un dolor de cabeza, un sarpullido en la piel, o algo más serio. Tener un buen desarrollo emocional significa más bien: reconocer lo que siento, darle una palabra; comprender por qué siento lo que siento, es decir de qué me informa esta emoción;  qué me impulsa a hacer y de qué manera lo hago para que sea enriquecedor. Así la emoción se expresa, no se reprime, no se controla. Significa también, tener la capacidad de compartir mis emociones cuando es necesario y tener la capacidad de empatizar con las de los demás.
La inteligencia emocional se entrena desde la práctica, idealmente desde la convivencia auténtica y trasparente con personas emocionalmente inteligentes. Sin embargo en este asunto, vamos la mayoría un poco cojos, víctimas de unas historias de vida emocionalmente precarias. La España de nuestros padres y de nuestros abuelos es una España dura, de guerra y postguerra donde la prioridad de las familias era la subsistencia física y más tarde el bienestar material. Ni nuestros padres, mucho menos nuestros abuelos, recibieron un trato sensible a sus emociones y por ello tampoco a nosotros nos lo supieron dar. Es decir, nosotros adultos nos hemos hecho tal como somos, condicionados (que no determinados) por la manera en la que nuestros padres o cuidadores nos han visto y tratado. Siendo un poco conscientes del impacto de las acciones y las palabras con las que nuestros padres se relacionaban con nosotros, nos daremos cuenta de la importancia de relacionarnos de una manera más saludable con nuestros hijos para no dañar su maleable constitución, ese “ser como esponjas” que son.
Así que para educar emocionalmente a nuestros hijos, hemos ante todo que hacer un ejercicio de conciencia, para ser capaces de observar de qué maneras les tratamos. Como, sin darnos cuenta reproducimos muchas de las maneras en las que nuestros padres nos trataron a nosotros, aunque no queramos hacerlo.
Los niños nacen con un gran potencial para el desarrollo, una gran fuerza vital para crecer, aprender y relacionarse. Poseen, como todo ser vivo, una asombrosa capacidad para autorregularse, es decir para encontrar siempre una satisfacción a sus necesidades, aunque la la vía para satisfacerse sea insatisfactoria. Un ejemplo de esto sería el niño que para satisfacer su necesidad de atención y afecto se comporta mal o agita demasiado, si es que por otra vía más saludable (siendo tranquilamente quien es) no lo consigue. Desde la infancia, en primer lugar nuestra familia y luego nuestra cultura, son los espejos en donde vemos si somos aceptables o no.
Para crear una convivencia rica emocionalmente en nuestros hogares y en nuestras escuelas, cabe ante todo alimentar una actitud de respeto ante el niño. Respeto a su individualidad y  a sus necesidades. Si queremos que los niños aprendan a reconocer y expresar lo que les pasa, hemos de nosotros también ser capaces de compartir con ellos también lo que nos pasa. Teniendo en cuenta su edad, es claro, a la hora de dar explicaciones, pero con transparencia y sinceridad. Hemos también, de favorecer la escucha, dejar espacio para que nos hablen y compartan lo que sienten. No avasallarles a preguntas que les bloqueen, teniendo en cuenta su ritmo.
Se aprende desde la imitación y la práctica, no desde lecciones teóricas.  Somos sus principales modelos, no nos queda otra que practicar aquello que luego queremos ver en ellos. Así nuestros hijos se convierten en nuestros maestros y nosotros podemos evitar tanto sermón y consejo, dedicándole más tiempo a observar desde el silencio.
Evitar etiquetar ya que así establecemos un juicio, muchas veces negativo y facilitamos que el niño se identifique con esa etiqueta que aunque sea positiva es imposible que sea siempre verdadera y llevara siempre al niño a confusión. Mucho más adecuado es describir lo que observamos, “veo que estás muy disgustado” en lugar de “eres un enfadón”  o “me gusta el dibujo que has hecho” en lugar de “eres un gran artista”. Acompañar al niño con lo que está sintiendo, sin juicio sin intentar buscar una salida satisfactoria por él, permitiéndole que sea él mismo que la encuentre. Esto nos cuesta mucho hoy día, nos falta paciencia y confianza, así que las tendremos que invocar par que inspiren nuestra práctica. Lo cual no quiere decir tampoco que no podamos compartir con ellos nuestros puntos de vista y valores, pero es importante observar nuestra intención, con qué tono de voz y en qué momento les decimos las cosas, si se las estamos imponiendo o estamos respetando su sentir.
Publicado en el Ultima Hora el 12 de Enero del 2013

31 dic 2012

SE HACE CAMINO AL ANDAR

En estos tiempos de internet, mandos a distancia, vuelos transcontinentales y cocina precocinada, estamos contagiados de un deseo de inmediatez, desde donde buscamos respuestas concretas  a nuestras dificultades e incertidumbres, ya. Queremos llegar a la meta sin andar el camino. La insatisfacción e incertidumbre, intrínsecas del que busca, son vistas más bien como  defecto o debilidad, en lugar de ser honradas como lo que son, motivación para seguir haciendo camino en busca de visión y comprensión, aprendiendo de la vida que deja huella, para algo.      
Así, por ejemplo  cuando caemos enfermos, mental, emocional o físicamente, la mayoría de nosotros acudimos a un profesional de la salud, con ánimo de que nos diga lo que nos pasa y nos dé una solución rápida que nos reponga cuanto antes, si es posible, sin dolor. Delegando la responsabilidad de nuestro malestar, queriendo volver a la situación previa de bienestar, casi por arte de magia, sin andar el camino y renunciando al aprendizaje que pudiéramos extraer de él. Sin querer escuchar nuestros síntomas que nos están expresando algo y nos ofrecen rica información sobre como estamos viviendo nuestra vida y qué estamos dejando de lado, sin resolver.
Sin embargo, en muchas ocasiones de malestar acabamos dándonos cuenta de que frente a ellas no hay recetas hechas, certezas, inmediateces,  ni dogmas, si no más bien un camino por recorrer, el de quien busca en su interior.
El buscador interior es aquel que se interroga y se cuestiona. Se flexibiliza para poder descubrir y aprender nuevas opciones. Se atreve a situarse en la incertidumbre del “no se´”, a abandonar viejas ideas, costumbres  y maneras de hacer frente a las cosas. El buscador  interior se hace consciente de sus éxitos y errores, de sus defectos y  virtudes. Deja de rehuir sus temas pendientes, comprometiéndose consigo mismo y con la vida, sabiéndose único responsable de su historia, dejando espacio para que lo nuevo pueda florecer. Con la intuición de que el principal enemigo a vencer habita dentro de sí  mismo y es “aquel” que no le deja vivir la vida en paz, ese diablillo interno que le juzga, critica y exige.  A sabiendas de que hasta que no encuentre la manera de demostrarse a sí mismo amor y aceptación, no cesaran sus males.
El buscador interior reserva un tiempo  para observar y darse cuenta de que las cosas no son por que sí, fruto del azar, ni nos llegan por mala suerte. Se da cuenta de que hay un hilo conductor en el suceder de las cosas, de que tienen un por qué y de que es él el principal protagonista  de su vida, sobre quien recaen las consecuencias de sus acciones y actitudes. Se atreve a mirar con honestidad, en donde está boicoteándose  a través de su actitud, muchas veces inconsciente. Responsabilizándose.
El buscador interior es consciente de que para conseguir la salud y la armonía, hay que trabajar en ello durante un tiempo. Se trata de encontrar el camino de  vivir acorde con lo que pulsa en su interior, con los deseos de todo su ser y eso no es tarea fácil.
Este trabajo es difícil hacerlo a solas, e imposible de hacer en un “tris”. Su senda esclarecedora, es también dolorosa y escurridiza. Necesitamos acompañantes  que nos reflejen donde estamos, referentes que nos muestren estrategias, maestros que  inspiren nuestra búsqueda, para no escaparnos nuevamente de nuestra responsabilidad por la vía más rápida. Médicos, psicólogos, terapeutas, guías espirituales acompañan esta búsqueda. Cada cual ha de sentir quienes le acompañan mejor en cada momento.
La psicoterapia humanista es una de las posibles herramientas de acompañamiento para realizar esta búsqueda. Sus sesiones brindan un entorno seguro, protegido y terapéutico, de apoyo, confianza, sinceridad y respeto, desde donde explorar y  practicar:
-          El autoconocimiento, la comprensión de la propia vida, nuestras relaciones, nuestro condicionamiento.
-          La atención, la consciencia momento a momento, para facilitar una actitud ante la vida de desapego, la que no se engancha con cosas nimias.
-          La confianza o fe organísmica, la entrega a lo natural de nosotros mismos, al cuerpo, abriendo paso a lo espontáneo, a soltar el control.
-          El silencio y el contacto íntimo con el espacio interno para identificar qué nos hace bien y qué mal.
 Poniendo paz a las bestias que nos habitan y enferman, aprendiendo a respetarnos y cuidar de nosotros mismos y así sí, encontrar el camino para cuidar también de los demás.
Publicado en el Última Hora, el 29 de Diciembre del 2012

14 dic 2012

ESTAR BIEN CON LO QUE HAY.

Menorca ya se ha vestido de Navidad, las fiestas ya están aquí y en estos días vivimos su anticipo con todo lo que suponen: alegría, reencuentros familiares, gestos  generosos, buenos pensamientos y también, en igual o mayor proporción: tristeza, soledad, frustración económica, problemas relacionales. Y es que nos gusten o no nos gusten, las Navidades  constituyen uno de los acontecimientos más importantes del año y es difícil escapar a su influjo y a su contradicción. Hay mucho movimiento psicológico en estas fechas. Los encuentros, las ausencias,  los preparativos, las expectativas, los regalos…todo ello hace que tanto el amor y la efusividad, como  el dolor y el sufrimiento se hagan más evidentes. Cuando menos, suponen cierto grado de estrés y desequilibrio emocional, para bien y para mal.
El sentido y significado de estas fiestas es múltiple y diverso según la perspectiva desde la cual las vivamos. Para algunos tienen un sentido religioso, para otros, festivo,  económico o de encuentro familiar y social. Quizás los aspectos que más nos remueven, a pesar de los cambios que han sufrido la familia y la adhesión a la religión en los últimos años, están condicionados  por la concepción de la Navidad como la fiesta familiar por excelencia y por la dimensión espiritual profunda que tiene, aunque no nos sintamos religiosos.
El significado original en latín de Navidad es el de volver a nacer. Los cristianos, crearon el ritual que hoy nos llega, para celebrar el nacimiento de Jesús y que más allá de concepciones religiosas, en nuestro inconsciente representa también, la posibilidad de un renacimiento interior al amor, en cada uno de nosotros. De hecho ya los romanos y así otras muchas culturas, también de manera ritual, se reunían y celebraban esta misma fecha, en conmemoración al dios sol, con el nacimiento de la prolongación de los días, tras el solsticio de invierno, abriéndose a la vida y agradeciendo la luz que sucede a la oscuridad. Incluso para la gente más agnóstica y reacia, hay como una especie de tendencia intuitiva que nos mueve a juntarnos y a hacernos reflexiones y replanteamientos vitales.
Así que, por un lado, el ritual de la Navidad constituye una invitación al reencuentro con la familia,  con familiares y  amigos que a lo mejor no hemos visto en meses, algunos con los que no nos llevamos bien o tenemos temas sin cerrar. Por eso es esperada con fervor por quienes viven una situación personal y/o familiar armónica (con sus diferencias y dificultades que saben equilibrar) y temida o rechazada por quienes tienen situaciones personales y/o familiares delicadas o espinosas y no se han preparado a tiempo para vivir las fiestas desde otro lugar. De alguna forma el imaginario colectivo trata de reproducir el ideal de familia extensa y cohesionada, con toda la carga emocional  que para muchos, eso supone. De hecho, muchas personas se confunden creyendo que el ritual reforzará los lazos familiares debilitados, cuando es más bien al contrario, el ritual si no es asumido por los participantes no puede arreglar la relación, si no alterarla, agitándola aun más si cabe.
Por otro lado, la Navidad representa una inflexión, una parada o paréntesis que nos propone abrirnos a la ternura del compartir, dejar partir el dolor de nuestros pesares y renacer fortalecidos. Nos invita a conectarnos con nuestra sencilla autenticidad para reunirnos con las personas que queremos y juntos celebrar la vida. Para algunos, también esta invitación pudiera  ser dolorosa o conflictiva, sobre todo cuando la expectativa de amor, compasión y buenaventura es vivida como una imposición, con exigencia.
Y es que, si bien los rituales han tenido siempre una función social de vinculación con la historia, con la tradición, dando identidad a los pueblos y a las personas. Y nos han servido, en numerosas ocasiones, para facilitar  la cohesión, la comunicación, la cooperación y la ruptura de rutinas, haciendo que los días sean especiales; también en otros momentos, con su tendencia a la rigidez pueden asfixiar lo que en origen se proponen. Cuando la sociedad cambia, cambian los valores de sus gentes y su estilo de vida y entonces el seguir compartiendo un ritual que sirvió en otro tiempo para otras formas, puede agobiar o reprimir a las personas, convirtiéndose  en un conflicto, sin cumplir las funciones que el mismo tiene. De igual manera, cuando no es vivido como una invitación si no como una imposición, se puede fácilmente convertir en un teatro, en una mentira, perdiendo su sentido profundo.
Por eso, soy partidaria de que quien no se sienta a gusto dentro del ritual, se permita cambiarlo, dejando de lado lo que constriñe y disgusta, abriendo espacios de negociación con la familia y acercar el ritual a algo más representativo para cada cual, más próximo y enriquecedor. De hecho, de manera natural y sin planteamientos teórico previos, muchas gentes van creando y descubriendo nuevos rituales. Gente inmigrante, familias de padres separados, familias reensabladas, jóvenes que sin creer en la religión se aproximan a la espiritualidad desde otro lugar, todos ellos van haciendo un cambio en el ritual de la Navidad.
Así que para que la experiencia de estas navidades sea positiva es oportuno abordarlas con mentalidad abierta, sin rígidas expectativas de cómo deberían ser, atreviéndonos a aceptar  emociones diversas, nuestras y de los demás, aprovechando los momentos de recogimiento para entrar en nuestro interior y con el corazón proponernos mejorar, tratando de estar  lo mejor posible con lo que hay, que si lo sabemos valorar,  no es poco.
Publicado en el Última Hora de Menorca, el 15 de Diciembre, del 2012