28 ene 2013

ARMONIZANDO DIFERENCIAS

Que en la vida tenemos conflictos, de eso no cabe duda. Entramos en conflicto en múltiples y diversas ocasiones: con nuestros hijos, nuestras parejas, con nuestro jefe, nuestros compañeros de trabajo, hasta con nosotros mismos. Sobre todo cuando nos empeñamos en tener razón y sobre ella argumentamos para conseguir nuestros objetivos, eludiendo las emociones que discurren de uno y otro lado.
Un conflicto siempre está definido por una contradicción, una diferencia. Tiene que ver mucho más con emociones que con razones. Surge de la incompatibilidad de objetivos entre dos o más  personas, grupos, países, o entre dos o más partes de un mismo individuo: una parte quiere algo que no puede conseguir, por que algo que tiene que ver con la otra parte,  se lo está impidiendo. Los puntos de vista son diferentes (lo cual no ha de ser problema, de hecho son una gran fuente de creatividad), sin embargo, una parte se quiere imponer a la otra, sea como sea.
Para transformar nuestro conflicto y encontrar una vía de resolución pacífica, hemos de querer armonizar nuestras  diferencias, encontrando una solución que satisfaga a las dos partes,  desde el entendimiento, buscando el acercamiento, no buscando tener la razón por encima de todo, ni salir victoriosos. Hemos de poder salir de ver la solución desde una óptica de ganar o perder (o gana uno y el otro pierde, o al revés), para adoptar una óptica más amplia, desde donde podamos ganar los dos, puesto que si no ganamos ambos, quedaremos enfrentados y enganchados al conflicto.
Si de verdad queremos resolver un conflicto, tenemos que trabajar juntos, con la otra parte, hacia una nueva realidad. Escuchándonos y atendiendo las  necesidades de ambos. Hablando de sentimientos. La solución está más allá, en el lugar al que ambos queremos llegar. Hemos de echar mano de nuestra empatía y creatividad.
¿Cuál es ese lugar al que queremos llegar?  Sobre todo, a un lugar de paz, en donde ya no tengamos conflicto. El conflicto es desagradable queramos o no, para todo lo que lo rodea, las partes implicadas, por supuesto. La paz, la armonía, el entendimiento, son valores mucho mayores que cualquiera de nuestros objetivos, sobre todo si, para conseguir estos últimos, hemos de quedar enfrentados.
Lo que nos proporciona la paz y la armonía en realidad, es la satisfacción de nuestras necesidades. Y cuando digo necesidades es tal cual: necesidades, no objetivos, no caprichos, no intereses, si no necesidades humanas. Me refiero a las condiciones, cambiantes en cada época y cultura, que configuran nuestras necesidades básicas, que son universales y que tantas veces son ignoradas. Repito, ignoradas. Me refiero entonces, a la necesidad de:
-          Sobrevivencia: todos queremos vivir  nuestra vida con la expectativa de vida que corresponde a nuestra cultura y de la manera más saludable.
-           Bienestar material: necesitamos una casa, alimento, educación, medios para desenvolvernos en nuestro medio social…
-          Identidad: un sentido de la vida. Sin ese sentido de la vida no tenemos identidad.
-          Libertad: de elección. No queremos que nos manden todo el tiempo.
Si nuestras necesidades no están siendo satisfechas, el movimiento natural es hacia la satisfacción de esas necesidades, sea como sea, luchando, interponiéndonos, o resignándonos amargamente, con rencor. Sin encontrar solución, la contradicción permanece ahí, no consigo lo que necesito. Me frustro, me enfado, pierdo la esperanza, creo que el otro es cuando menos, estúpido por que se interpone en mi camino. Eso lleva, más pronto o más tarde, a una conducta violenta, tanto si es física, como psicológica o social. La violencia no resuelve la contradicción, genera siempre, más violencia. Quizás consigamos lo que queremos a través de ella, sobre todo si somos más fuertes (física, intelectual o socialmente), pero la contradicción no se resuelve. Así que, en cuanto el otro coja fuerza…volverá al ataque.
Démosle pues, la vuelta al círculo vicioso. Pongamos una mirada más amplia a nuestras diferencias, cambiemos el “chip” y en lugar de tratar de salirnos con la nuestra, sea como sea,  atendamos honestamente a nuestras necesidades y las del otro, observándolas, dejando que se expresen y visualizando otro lugar posible donde las dos partes nos sintamos lo más satisfechas posible, donde las dos sintamos que hemos ganado.
Publicado en el Última Hora Menorca, el 26 de Enero del 2013.

21 ene 2013

SABIDURÍA ETERNA

Buceando en la red, he encontrado este bonito video con el que comparto filosofía y me sirve de inspiración. Ojalá os guste


10 ene 2013

EDUCAR CON EMOCIÓN

A la hora de educar, nuestro foco de atención  debería de ir mucho más allá que a la adquisición de unos conocimientos encaminados a la obtención de un puesto de trabajo. Si queremos educar para la paz en un mundo globalizado, hemos de apostar por una educación más integral, que ayude a los niños a aprender a desenvolverse en situaciones diversas, a responsabilizarse, a conocerse a sí mismos, a saber relacionarse, a superar obstáculos, a cooperar, a encaminarse hacia lo que necesiten conseguir con dignidad y a cuidar del planeta que les acoge y sustenta.
Para todo ello, igual o más importante que el desarrollo de la inteligencia intelectual, es el desarrollo de la inteligencia emocional, aquella que nos permite gestionar nuestras emociones facilitándonos unas mejores relaciones sociales y una mejor relación con nosotros mismos, mientras caminamos hacia nuestros objetivos teniendo en cuenta a los demás y al entorno.
Un buen manejo, una buena gestión emocional, no significa control emocional. Las emociones no se pueden controlar. Las sentimos aunque no queramos, son organísmicas, surgen por algo, nos aportan una información y buscan expresarse. Si no, su energía queda contenida y buscará salida por otro lado, a través de un dolor de cabeza, un sarpullido en la piel, o algo más serio. Tener un buen desarrollo emocional significa más bien: reconocer lo que siento, darle una palabra; comprender por qué siento lo que siento, es decir de qué me informa esta emoción;  qué me impulsa a hacer y de qué manera lo hago para que sea enriquecedor. Así la emoción se expresa, no se reprime, no se controla. Significa también, tener la capacidad de compartir mis emociones cuando es necesario y tener la capacidad de empatizar con las de los demás.
La inteligencia emocional se entrena desde la práctica, idealmente desde la convivencia auténtica y trasparente con personas emocionalmente inteligentes. Sin embargo en este asunto, vamos la mayoría un poco cojos, víctimas de unas historias de vida emocionalmente precarias. La España de nuestros padres y de nuestros abuelos es una España dura, de guerra y postguerra donde la prioridad de las familias era la subsistencia física y más tarde el bienestar material. Ni nuestros padres, mucho menos nuestros abuelos, recibieron un trato sensible a sus emociones y por ello tampoco a nosotros nos lo supieron dar. Es decir, nosotros adultos nos hemos hecho tal como somos, condicionados (que no determinados) por la manera en la que nuestros padres o cuidadores nos han visto y tratado. Siendo un poco conscientes del impacto de las acciones y las palabras con las que nuestros padres se relacionaban con nosotros, nos daremos cuenta de la importancia de relacionarnos de una manera más saludable con nuestros hijos para no dañar su maleable constitución, ese “ser como esponjas” que son.
Así que para educar emocionalmente a nuestros hijos, hemos ante todo que hacer un ejercicio de conciencia, para ser capaces de observar de qué maneras les tratamos. Como, sin darnos cuenta reproducimos muchas de las maneras en las que nuestros padres nos trataron a nosotros, aunque no queramos hacerlo.
Los niños nacen con un gran potencial para el desarrollo, una gran fuerza vital para crecer, aprender y relacionarse. Poseen, como todo ser vivo, una asombrosa capacidad para autorregularse, es decir para encontrar siempre una satisfacción a sus necesidades, aunque la la vía para satisfacerse sea insatisfactoria. Un ejemplo de esto sería el niño que para satisfacer su necesidad de atención y afecto se comporta mal o agita demasiado, si es que por otra vía más saludable (siendo tranquilamente quien es) no lo consigue. Desde la infancia, en primer lugar nuestra familia y luego nuestra cultura, son los espejos en donde vemos si somos aceptables o no.
Para crear una convivencia rica emocionalmente en nuestros hogares y en nuestras escuelas, cabe ante todo alimentar una actitud de respeto ante el niño. Respeto a su individualidad y  a sus necesidades. Si queremos que los niños aprendan a reconocer y expresar lo que les pasa, hemos de nosotros también ser capaces de compartir con ellos también lo que nos pasa. Teniendo en cuenta su edad, es claro, a la hora de dar explicaciones, pero con transparencia y sinceridad. Hemos también, de favorecer la escucha, dejar espacio para que nos hablen y compartan lo que sienten. No avasallarles a preguntas que les bloqueen, teniendo en cuenta su ritmo.
Se aprende desde la imitación y la práctica, no desde lecciones teóricas.  Somos sus principales modelos, no nos queda otra que practicar aquello que luego queremos ver en ellos. Así nuestros hijos se convierten en nuestros maestros y nosotros podemos evitar tanto sermón y consejo, dedicándole más tiempo a observar desde el silencio.
Evitar etiquetar ya que así establecemos un juicio, muchas veces negativo y facilitamos que el niño se identifique con esa etiqueta que aunque sea positiva es imposible que sea siempre verdadera y llevara siempre al niño a confusión. Mucho más adecuado es describir lo que observamos, “veo que estás muy disgustado” en lugar de “eres un enfadón”  o “me gusta el dibujo que has hecho” en lugar de “eres un gran artista”. Acompañar al niño con lo que está sintiendo, sin juicio sin intentar buscar una salida satisfactoria por él, permitiéndole que sea él mismo que la encuentre. Esto nos cuesta mucho hoy día, nos falta paciencia y confianza, así que las tendremos que invocar par que inspiren nuestra práctica. Lo cual no quiere decir tampoco que no podamos compartir con ellos nuestros puntos de vista y valores, pero es importante observar nuestra intención, con qué tono de voz y en qué momento les decimos las cosas, si se las estamos imponiendo o estamos respetando su sentir.
Publicado en el Ultima Hora el 12 de Enero del 2013

31 dic 2012

SE HACE CAMINO AL ANDAR

En estos tiempos de internet, mandos a distancia, vuelos transcontinentales y cocina precocinada, estamos contagiados de un deseo de inmediatez, desde donde buscamos respuestas concretas  a nuestras dificultades e incertidumbres, ya. Queremos llegar a la meta sin andar el camino. La insatisfacción e incertidumbre, intrínsecas del que busca, son vistas más bien como  defecto o debilidad, en lugar de ser honradas como lo que son, motivación para seguir haciendo camino en busca de visión y comprensión, aprendiendo de la vida que deja huella, para algo.      
Así, por ejemplo  cuando caemos enfermos, mental, emocional o físicamente, la mayoría de nosotros acudimos a un profesional de la salud, con ánimo de que nos diga lo que nos pasa y nos dé una solución rápida que nos reponga cuanto antes, si es posible, sin dolor. Delegando la responsabilidad de nuestro malestar, queriendo volver a la situación previa de bienestar, casi por arte de magia, sin andar el camino y renunciando al aprendizaje que pudiéramos extraer de él. Sin querer escuchar nuestros síntomas que nos están expresando algo y nos ofrecen rica información sobre como estamos viviendo nuestra vida y qué estamos dejando de lado, sin resolver.
Sin embargo, en muchas ocasiones de malestar acabamos dándonos cuenta de que frente a ellas no hay recetas hechas, certezas, inmediateces,  ni dogmas, si no más bien un camino por recorrer, el de quien busca en su interior.
El buscador interior es aquel que se interroga y se cuestiona. Se flexibiliza para poder descubrir y aprender nuevas opciones. Se atreve a situarse en la incertidumbre del “no se´”, a abandonar viejas ideas, costumbres  y maneras de hacer frente a las cosas. El buscador  interior se hace consciente de sus éxitos y errores, de sus defectos y  virtudes. Deja de rehuir sus temas pendientes, comprometiéndose consigo mismo y con la vida, sabiéndose único responsable de su historia, dejando espacio para que lo nuevo pueda florecer. Con la intuición de que el principal enemigo a vencer habita dentro de sí  mismo y es “aquel” que no le deja vivir la vida en paz, ese diablillo interno que le juzga, critica y exige.  A sabiendas de que hasta que no encuentre la manera de demostrarse a sí mismo amor y aceptación, no cesaran sus males.
El buscador interior reserva un tiempo  para observar y darse cuenta de que las cosas no son por que sí, fruto del azar, ni nos llegan por mala suerte. Se da cuenta de que hay un hilo conductor en el suceder de las cosas, de que tienen un por qué y de que es él el principal protagonista  de su vida, sobre quien recaen las consecuencias de sus acciones y actitudes. Se atreve a mirar con honestidad, en donde está boicoteándose  a través de su actitud, muchas veces inconsciente. Responsabilizándose.
El buscador interior es consciente de que para conseguir la salud y la armonía, hay que trabajar en ello durante un tiempo. Se trata de encontrar el camino de  vivir acorde con lo que pulsa en su interior, con los deseos de todo su ser y eso no es tarea fácil.
Este trabajo es difícil hacerlo a solas, e imposible de hacer en un “tris”. Su senda esclarecedora, es también dolorosa y escurridiza. Necesitamos acompañantes  que nos reflejen donde estamos, referentes que nos muestren estrategias, maestros que  inspiren nuestra búsqueda, para no escaparnos nuevamente de nuestra responsabilidad por la vía más rápida. Médicos, psicólogos, terapeutas, guías espirituales acompañan esta búsqueda. Cada cual ha de sentir quienes le acompañan mejor en cada momento.
La psicoterapia humanista es una de las posibles herramientas de acompañamiento para realizar esta búsqueda. Sus sesiones brindan un entorno seguro, protegido y terapéutico, de apoyo, confianza, sinceridad y respeto, desde donde explorar y  practicar:
-          El autoconocimiento, la comprensión de la propia vida, nuestras relaciones, nuestro condicionamiento.
-          La atención, la consciencia momento a momento, para facilitar una actitud ante la vida de desapego, la que no se engancha con cosas nimias.
-          La confianza o fe organísmica, la entrega a lo natural de nosotros mismos, al cuerpo, abriendo paso a lo espontáneo, a soltar el control.
-          El silencio y el contacto íntimo con el espacio interno para identificar qué nos hace bien y qué mal.
 Poniendo paz a las bestias que nos habitan y enferman, aprendiendo a respetarnos y cuidar de nosotros mismos y así sí, encontrar el camino para cuidar también de los demás.
Publicado en el Última Hora, el 29 de Diciembre del 2012

14 dic 2012

ESTAR BIEN CON LO QUE HAY.

Menorca ya se ha vestido de Navidad, las fiestas ya están aquí y en estos días vivimos su anticipo con todo lo que suponen: alegría, reencuentros familiares, gestos  generosos, buenos pensamientos y también, en igual o mayor proporción: tristeza, soledad, frustración económica, problemas relacionales. Y es que nos gusten o no nos gusten, las Navidades  constituyen uno de los acontecimientos más importantes del año y es difícil escapar a su influjo y a su contradicción. Hay mucho movimiento psicológico en estas fechas. Los encuentros, las ausencias,  los preparativos, las expectativas, los regalos…todo ello hace que tanto el amor y la efusividad, como  el dolor y el sufrimiento se hagan más evidentes. Cuando menos, suponen cierto grado de estrés y desequilibrio emocional, para bien y para mal.
El sentido y significado de estas fiestas es múltiple y diverso según la perspectiva desde la cual las vivamos. Para algunos tienen un sentido religioso, para otros, festivo,  económico o de encuentro familiar y social. Quizás los aspectos que más nos remueven, a pesar de los cambios que han sufrido la familia y la adhesión a la religión en los últimos años, están condicionados  por la concepción de la Navidad como la fiesta familiar por excelencia y por la dimensión espiritual profunda que tiene, aunque no nos sintamos religiosos.
El significado original en latín de Navidad es el de volver a nacer. Los cristianos, crearon el ritual que hoy nos llega, para celebrar el nacimiento de Jesús y que más allá de concepciones religiosas, en nuestro inconsciente representa también, la posibilidad de un renacimiento interior al amor, en cada uno de nosotros. De hecho ya los romanos y así otras muchas culturas, también de manera ritual, se reunían y celebraban esta misma fecha, en conmemoración al dios sol, con el nacimiento de la prolongación de los días, tras el solsticio de invierno, abriéndose a la vida y agradeciendo la luz que sucede a la oscuridad. Incluso para la gente más agnóstica y reacia, hay como una especie de tendencia intuitiva que nos mueve a juntarnos y a hacernos reflexiones y replanteamientos vitales.
Así que, por un lado, el ritual de la Navidad constituye una invitación al reencuentro con la familia,  con familiares y  amigos que a lo mejor no hemos visto en meses, algunos con los que no nos llevamos bien o tenemos temas sin cerrar. Por eso es esperada con fervor por quienes viven una situación personal y/o familiar armónica (con sus diferencias y dificultades que saben equilibrar) y temida o rechazada por quienes tienen situaciones personales y/o familiares delicadas o espinosas y no se han preparado a tiempo para vivir las fiestas desde otro lugar. De alguna forma el imaginario colectivo trata de reproducir el ideal de familia extensa y cohesionada, con toda la carga emocional  que para muchos, eso supone. De hecho, muchas personas se confunden creyendo que el ritual reforzará los lazos familiares debilitados, cuando es más bien al contrario, el ritual si no es asumido por los participantes no puede arreglar la relación, si no alterarla, agitándola aun más si cabe.
Por otro lado, la Navidad representa una inflexión, una parada o paréntesis que nos propone abrirnos a la ternura del compartir, dejar partir el dolor de nuestros pesares y renacer fortalecidos. Nos invita a conectarnos con nuestra sencilla autenticidad para reunirnos con las personas que queremos y juntos celebrar la vida. Para algunos, también esta invitación pudiera  ser dolorosa o conflictiva, sobre todo cuando la expectativa de amor, compasión y buenaventura es vivida como una imposición, con exigencia.
Y es que, si bien los rituales han tenido siempre una función social de vinculación con la historia, con la tradición, dando identidad a los pueblos y a las personas. Y nos han servido, en numerosas ocasiones, para facilitar  la cohesión, la comunicación, la cooperación y la ruptura de rutinas, haciendo que los días sean especiales; también en otros momentos, con su tendencia a la rigidez pueden asfixiar lo que en origen se proponen. Cuando la sociedad cambia, cambian los valores de sus gentes y su estilo de vida y entonces el seguir compartiendo un ritual que sirvió en otro tiempo para otras formas, puede agobiar o reprimir a las personas, convirtiéndose  en un conflicto, sin cumplir las funciones que el mismo tiene. De igual manera, cuando no es vivido como una invitación si no como una imposición, se puede fácilmente convertir en un teatro, en una mentira, perdiendo su sentido profundo.
Por eso, soy partidaria de que quien no se sienta a gusto dentro del ritual, se permita cambiarlo, dejando de lado lo que constriñe y disgusta, abriendo espacios de negociación con la familia y acercar el ritual a algo más representativo para cada cual, más próximo y enriquecedor. De hecho, de manera natural y sin planteamientos teórico previos, muchas gentes van creando y descubriendo nuevos rituales. Gente inmigrante, familias de padres separados, familias reensabladas, jóvenes que sin creer en la religión se aproximan a la espiritualidad desde otro lugar, todos ellos van haciendo un cambio en el ritual de la Navidad.
Así que para que la experiencia de estas navidades sea positiva es oportuno abordarlas con mentalidad abierta, sin rígidas expectativas de cómo deberían ser, atreviéndonos a aceptar  emociones diversas, nuestras y de los demás, aprovechando los momentos de recogimiento para entrar en nuestro interior y con el corazón proponernos mejorar, tratando de estar  lo mejor posible con lo que hay, que si lo sabemos valorar,  no es poco.
Publicado en el Última Hora de Menorca, el 15 de Diciembre, del 2012

29 nov 2012

LA MANERA MÁS TORTURADA DE AMAR.

A  veces pensamos que símbolo del gran amor que alguien siente por otra persona, es lo inmensamente celoso que se pone cuando la persona amada deposita su interés en algo o alguien diferente. Como si los celos y el amor fueran directamente proporcionales.
Si bien es cierto que los celos son una emoción y como tal, son naturales, humanos, comunes a todos nosotros en algún momento de la vida, no quiere decir que en determinado momento y en algunas personas, no constituyan un verdadero problema. De hecho, toda emoción exacerbada, agravada al extremo, es una manifestación patológica, cuando menos neurótica que requeriría de tratamiento para su adecuada resolución.
Cabe distinguir por eso, entre los celos “normales” y los celos patológicos que podríamos catalogar, aunque personalmente no me guste etiquetar, como un trastorno afectivo de celotipia, aquellos que suponen un estado emotivo ansioso, están más relacionados a la falta de confianza en uno mismo que a la falta de confianza en la pareja  y en donde hay más narcisismo (amor propio) que verdadero amor.
En una relación de pareja, los celos “normales” ocurren de manera pasajera en determinados momentos, cuando sentimos peligrar nuestra relación debido al interés que nuestro amado le brinda a otra persona o actividad. Pueden venir provocados, bien por un motivo real, en efecto nuestro amado está coqueteando y aproximándose excesivamente a otra persona y desatendiendo  nuestra relación. O por motivos irreales, fruto de inseguridades personales que nos hagan dudar de nuestra suficiencia en la relación. En el primer caso, la emoción de celos que nos surge puede, en efecto estar justificada y es, en último término positiva ya que nos pone en aviso de que algo en nuestra relación anda mal y nos instan a enfrentar y resolver lo que está pasando, poniendo para empezar, las cosas sobre la mesa. En el segundo caso y siempre y cuando la emoción de celos sea puntual, pasajera y no nos impulse a reaccionar fuera de control, no hay nada más qué hacer que pasarla, sin engancharnos en ella. Estos celos tienen un sentido evolutivo de protección, de marcaje del territorio. Incluso los niños sienten celos cuando ven amenazados su afecto, protagonismo o atención.
Otro gallo canta, cuando efectivamente los celos no están justificados y se convierten en algo obsesivo y recurrente generando  ansiedad y malestar, en algunos casos, agresividad, desconfianza, paranoia y acoso. Aquí  sí podemos hablar de un trastorno del que es difícil salir si no disponemos de la ayuda adecuada. Siendo además, una sintomatología que padecen muchas parejas, generando grandes conflictos y malestar, a veces situaciones de violencia y que muchas personas arrastran durante años sin poner remedio.
Hablamos de celos no justificados, cuando no tienen una base real y son fruto de la imaginería del que los padece. Pueden ser movilizados por: la identificación con la pareja, “tú me defines y das sentido a mi vida”; un sentido enfermizo de posesión “tú eres mío”,  la inseguridad del que ama, “y si encuentra a alguien mejor que yo” o la proyección de un deseo inconsciente, “si yo deseo, ¡tú también deseas!”.
El celoso, puede ser más o menos consciente de sus propios celos y del daño que le hacen a él y a su pareja. El que no es consciente de lo irracional de sus reacciones y las justifica con argumentaciones varias, tiene bastante mal pronóstico, cursando su comportamiento muchas veces en violencia. En este caso convendría que el celado y no el celoso, buscara la ayuda necesaria para cuidar de sí mismo y resolver el problema positivamente.
El que es consciente, aunque igualmente padezca la imposibilidad de controlar sus propios celos, normalmente busca ayuda y tiene mucha mejor solución ya que ha dado el primer paso para superarlos, el de poner conciencia. Estas personas, desde la razón entienden perfectamente lo inadecuado e hiriente de su conducta, pero son incapaces de dominarse cuando la emoción les embarga. Sufriendo por vía múltiple, los celos, la culpa posterior y la amargura de ver la relación deteriorarse. De hecho, cuanto más odioso se pone el celoso, con su  excesivo control, reproche y exigencia, más aleja al otro o más exhausto lo deja, provocando en ocasiones, lo que tanto teme, que el otro se harte y de verdad le deje, cumpliendo con la profecía auto-cumplidora.
Efectivamente así vividos, los celos son una traidora e insidiosa tortura y no una bonita forma de amar. Superarlos es echar al fuego nuestras ideas locas y cambiarlas por otras más sanadoras en donde la pareja no sea un trofeo que se gana por méritos, si no una libre elección mutua para vivir juntos,  con más plenitud  de la que sentíamos viviendo solos.

Publicado en el Última Hora, el 1 de diciembre del 2012

18 nov 2012

MOSTRÁNDONOS TAL CUAL SOMOS

La relación humana, el contacto auténtico interpersonal, es nuestra razón de ser, es por lo que estamos aquí, por lo que vivimos. Más importante incluso que el alimento, estamos diseñados para sentirnos conectados, para sentir amor y aceptación, relacionándonos con los demás. De alguna manera, es lo que da propósito y significado a la vida. Y cuando no nos conectamos o la conexión es defectuosa, nos rompemos.
El verdadero contacto es esa energía que existe entre las personas cuando nos sentimos vistas, escuchadas y valoradas por el mero hecho de ser; cuando sentimos que podemos dar y recibir sin juicio; de tal manera que obtenemos de la relación sustento y fortaleza. Surge del amor, de la transparencia y de nuestra vulnerabilidad esencial.
Nuestra cultura, con su pretensión de permitirnos, a nosotros sus habitantes, una vida más cómoda, segura y predecible, como de anuncio de televisión, nos impone a todos aquellos que no nos damos cuenta, ocultarnos tras una máscara de igual perfección y certeza, nuestro ego. Desde la máscara vivimos pretendiendo ser perfectos y autosuficientes, estupendos. A más esfuerzo hacemos por ser perfectos, más vergüenza sentimos, de que otros vean nuestros errores y sin darnos cuenta, nos desconectamos. Ya que para que la conexión entre las personas pueda suceder, tenemos que dejarnos ver de verdad, mostrarnos auténticamente en nuestra humanidad.
La humanidad a la que hago referencia es todo eso que nos hace comunes a todos los humanos, a saber: nacemos conectados,  inacabados e imperfectos,  con todo un potencial de superación y aprendizaje, necesitados de amor y sentido de pertenencia, vivimos luces y sombras, somos  profundamente vulnerables a la vez que capaces y un día u otro, misterio de los cielos, morimos.
Todo esto que es tan común a todos nosotros, de aquí y de “acullá”, por el mero hecho de existir, para muchos es extremadamente  vergonzante, ya que directamente nos conecta con el miedo a no poder mantenernos en contacto con los demás. Con  el miedo a ser rechazados y excluidos, por nuestras imperfecciones.
Este miedo es universal, todos lo sentimos en algún momento. De él procede la vergüenza de mostrarnos tal cual somos. Del temor a que si los demás  pudieran ver o saber algo de lo que hay en mí, me fueran a rechazar. El temor es tal que de hecho, es algo de lo que normalmente no hablamos, evitamos. Y cuanto menos queremos hablar, más vergüenza sentimos. Sin embargo, si enfrentar el miedo a ser inadecuado o a no ser suficiente es una tarea dura, no es tan dura como el pasarnos la vida tratando de ocultarlo, avergonzándonos.
La vergüenza  pulsa de una manera diferente para cada uno: para unos se expresa con un “no soy lo suficientemente guapo” o,” estoy demasiado gordo”, para otros con un “tendría que tener un mejor trabajo”o, “no gano lo suficiente” para otros con un “no tengo buena memoria”o, “soy un desastre de madre, padre, hijo, etc” en fin,  cada cual con nuestro talón de Aquiles padecemos esta vergüenza, por momentos.
Como si esa percepción interna, esa desagradable sensación de vulnerabilidad,  nos impidiese ser dignos de seguir conectados a los demás. Sin darnos cuenta de que es esa misma vulnerabilidad la que nos impulsa a estar conectados mutuamente, la que nos motiva y desde donde también surgen la alegría, el amor, el sentimiento de pertenencia, la creatividad, la fe...
Y es que aún siendo imperfectos, que todos lo somos, seguimos necesitándonos los unos a los otros. Siendo imperfectos, seguimos siendo valiosos, dignos de ser aceptados y  amados. Siendo conscientes de esto, de esta vulnerabilidad universal que nos une, dejemos de lado la vergüenza y acojamos nuestra imperfección con amor que eso, nos hace fuertes. Y es tan sólo desde ahí que podremos aceptar y respetar la imperfección de los demás.
Si estamos dispuestos a dejar de lado la imagen ideal de nosotros mismos que hemos proyectado al mundo. Si tenemos el coraje de mostrarnos tal cual somos, de contar nuestras historias desde el corazón y con total transparencia, compartiendo nuestra sombra, ese lugar  donde habitan nuestra imperfección, nuestro miedo,  frustración,  envidia,  tristeza,  etc… y que es el centro de nuestra inevitable vulnerabilidad; sólo entonces seremos capaces de conectarnos realmente a los demás y a nosotros mismos; sólo entonces seremos capaces de construir significativas y auténticas relaciones con otra gente. No es nada más- ni nada menos- que una apertura del corazón y una relajación de los mecanismos de nuestro ego.
Atrevámonos a ser vistos, permitamos que los demás nos vean en profundidad, con nuestras glorias y miserias, con nuestra vulnerabilidad…Tan semejantes a las suyas, a las de todos. Amémonos de todo corazón, aún sin saber si seremos correspondidos, ya que ese sólo gesto moviliza nuestra fuerza interior.
Publicado en el Última Hora, el 17 de noviembre del 2012