28 jun 2013

BAILE DE ENERGÍAS

En el interior de hombres y mujeres e independientemente de nuestro sexo, habitan dos energías, de manara combinada: energía  masculina y femenina, en distintas proporciones, con diferentes fuerzas. Ellas hacen que nos expresemos con unas u otras cualidades, más típicamente masculinas o femeninas, en las diferentes áreas de nuestras vidas.
La energía masculina es característicamente descrita como activa, creativa, intelectual, con dirección y propósito, perseverante, agresiva, dura, se concentra y está orientada a la acción. La energía femenina es pasiva, receptiva, emocional, prioriza el amor y las relaciones, es tierna, cuidadora, atiende a varias cosas a la vez y sabe empatizar. Ninguna es mejor ni peor, tan solo diferentes y si nos fijamos bien, más útiles y necesarias, para según que cosas.
La proporción en la que ambas energías cohabitan, tiñe el pulso de nuestro comportamiento y no sólo hace que mayoritariamente, hombres y mujeres seamos distintos .También que cada hombre y cada mujer seamos diferentes, ya que la combinación energética masculino- femenina no está siempre ligada al género, ni es la misma en todo momento. Es una para cada persona, incluso para cada etapa en la vida de una persona o según sea  el escenario en donde estemos desplegando en cada  circunstancia nuestra personalidad. Los atributos masculinos y femeninos que cada uno vamos desarrollando vienen condicionados, como todos los demás que configuran nuestra personalidad, por la genética, la historia de vida, nuestras imágenes inconscientes y la cultura en la que estamos inmersos. Pero están siempre ahí, disponibles en el interior de cada uno, listos para ser explorados, si nos atrevemos a soltar nuestro condicionamiento.
Generalmente y más en épocas pasadas, los hombres han desarrollado mucho más su energía masculina y las mujeres, mucho más, la energía femenina, contribuyendo a mantener un estereotipo de lo que es la feminidad y la masculinidad. De hecho, hasta hace bien poco, los roles de hombres y mujeres estaban fijados y bien diferenciados: se suponía que los hombres tenían que salir a conseguir dinero para proveer a su prole y las mujeres debían quedarse en casa para cuidar de los hijos. Los hombres, a menudo dominaban a las mujeres a través de su fuerza y su poder económico. Las mujeres, frecuentemente manipulaban  a los hombres con sus caricias y “tejemanejes” emocionales y sexuales. Las caricaturas extremas de estos roles eran el  macho obtuso y el ama de casa sumisa. La mirada tierna, pudiera ser la de un hombre entregado a su propósito, distraído de tanto en tanto con la mirada furtiva depositada en una bella mujer y la de una mujer coqueta, dichosa en su quehacer cotidiano, cuidando amorosamente de los suyos.
Sin embargo, al igual que la cultura y la existencia, siempre cambiantes  en función de las nuevas necesidades, conocimientos y hábitos de vida, también las maneras de ser mujer y hombre han evolucionado. Hace ya unas cuantas décadas que, inicialmente las mujeres y posteriormente los hombres, hemos ido incorporando cualidades de una y otra energía, acercando posturas en nuestro quehacer cotidiano, en el trabajo, en lo doméstico, en lo social y relacional. Unos y otros salimos a trabajar, cambiamos pañales, hacemos comidas, atendemos lo emocional y las relaciones personales…

De hecho, en la actualidad cada vez más, hombres y mujeres nos vamos pareciendo más en nuestros hábitos y maneras. Al equilibrar estas dos energías internas presentes en cada persona, hemos desarrollado más aspectos de nosotros mismos y hemos mejorado considerablemente nuestra capacidad de respuesta, en muchas circunstancias de nuestras vidas de hoy. Es como un baile, en donde si escuchamos bien la música, ésta nos guiará hacia el ritmo y los pasos más adecuados.

14 jun 2013

AMARNOS A NOSOTROS MISMOS

Todos nacemos con la capacidad de amar, pero no nos han enseñado a desarrollarla y vivirla de un modo sano, más bien todo lo contrario. Nos han inculcado una serie de creencias que nos llevan, muchas veces, al dolor, a la dependencia, a la sobreprotección y a construir relaciones enfermizas. Buscamos amor y no lo encontramos, nos cuesta experimentarlo de verdad. En la pareja, en la familia, en la amistad, en la ciudad. Al mirar a nuestro alrededor, no vemos a muchas personas que estén haciendo circular su energía amorosa en una forma gozosa y sana. Eso también nos confunde. Estamos tan acostumbrados a vivir así.
Desde la necesidad, la carencia y el apego el amor no es verdadero amor. Es otra cosa. Nos hicieron creer que el amor proviene de afuera y que depende de nuestras relaciones. Cuando el amor se encuentra en el interior de cada uno de nosotros, aguardando a que lo descubramos. Lo hemos de re-descubrir, ya que nos olvidamos de regarlo y se quedó pequeñito.
Dice el terapeuta americano Bob Hoffman, que amor es “el flujo o desbordamiento de bienestar emocional que vertemos, en primer lugar sobre nosotros mismos y, seguidamente, sobre los que nos rodean.”
Es un arte saber amar de verdad: amar no es algo concreto que se da o se recibe; es algo que experimentamos, algo a lo que nos abrimos que en realidad ya está. Amar es algo que si alimentamos, crece. Podemos claro, aprender a cultivar el amor hacia nosotros mismos y hacia los demás. Es una función y como tal, según sea su práctica, estará más o menos en forma, más o menos saludable.
Hay sucesos, que ocurren en nuestras vidas, que dañan las raíces desde donde crece el amor dentro de nosotros: la falta de respeto, el abandono, la vergüenza, la culpa, la exigencia…Esas heridas hay que sanarlas: reconociéndolas, atendiéndolas, cuidándolas. De hecho, el significado profundo de toda neurosis es el de no sentirse digno de ser amado. No sentirse reconocido, atendido y cuidado con todo lo que uno es. Sin embargo si esperamos que alguien venga a hacer ese trabajo por nosotros, estamos listos. Ésta es una tarea individual, responsabilidad de cada cual.
Amarnos a nosotros mismos significa hacernos más conscientes, reconocer todos nuestros personajes, atender nuestras heridas. Cuidar de nosotros mismos  con coraje, ternura y respeto. Honrar nuestra vida. Privados de ese amor, compensaremos esa falta, no sabremos darlo, mostrándonos tan críticos, enfadones y exigentes con los demás como con nosotros mismos.
Conscientes del amor que está dentro de nosotros, entonces sí podemos compartir amor. Y en ese compartir hay libertad, respeto, alegría y un continuo crecimiento.
Es una entrega que sólo puede ser de verdad cultivada entre dos personas cuando se cultiva ya, en cada una de ellas. Sólo podemos amar a los demás tanto como nos amamos a nosotros mismos.
Para nutrir esta relación amorosa con nosotros mismos, hemos de practicar con nuestra mente y ejercitar nuestra atención e intención. Hemos de priorizar momentos en donde decidamos otorgarnos ese amor, en donde decidamos ser nosotros mismos en los niveles más profundos y relajados de nuestro propio ser. Es necesario mantener una continua relación con esa fuente de amor  y apertura que somos, cuando verdaderamente estamos en contacto con nosotros mismos. Para ello podemos: leer libros que nos recuerden esa verdad y nos inspiren; escoger relacionarnos con personas que sientan ese amor hacia sí y reflejen el nuestro; dedicarle  tiempo  a hacer eso que de verdad nos gusta y hace sentir bien; meditar, contemplar o rezar diariamente para empaparnos de ese amor y apertura.
El amor a uno mismo se convierte así en la salud personal, en relaciones personales sanas, en un caudal de bienestar que vertimos al mundo. Empezando por nosotros mismos los primeros. Amándonos a nosotros mismos.


1 jun 2013

INTELIGENCIAS

Me gusta la diferencia y la variedad. Creo que es lo que de natural es la vida, diversa. Si bien somos iguales en nuestra humanidad: nacemos, crecemos, adoptamos unas maneras humanas y morimos; somos diferentes en la expresión y la experiencia individual de nuestras vidas. Nuestra inteligencia también es distinta y no necesariamente mejor ni peor, distinta nada más.
Ya se pasó el tiempo de cuando la comunidad científica, tendía a creer que éramos todos iguales y que nuestra inteligencia era parecida y que se podía medir con una cosa que llamábamos el IQ, el coeficiente intelectual.
Es interesante observar cómo cambia con los tiempos, nuestra percepción y nuestro conocimiento de las cosas. Cómo la cultura, el inconsciente colectivo, va incorporando ideas que se hacen populares, a través de descubrimientos científicos previos. En este caso en el campo de la psicología.
Hasta hace poco el conocimiento científico y así el saber popular, entendía y medía la inteligencia, apoyándose en parámetros sobre todo lingüísticos y lógico-matemáticos, de tal manera que una persona era inteligente si era buena en matemáticas y en lenguas. Se creía que la inteligencia venía determinada por la dotación genética de cada cual. Los que se salían de la medida “normal”, que se basaba en la puntuación que obtenían en test desarrollados para tal fin, eran considerados como “anormales”.
Cuando la gente utiliza la palabra inteligencia sin pensar, suele referirse a este tipo de inteligencia. Una inteligencia que no contempla las características reales, útiles para la vida. Hoy nos damos cuenta de que la brillantez académica no lo es todo. A la hora de desenvolverse en la vida no siempre basta, o no siempre es lo mejor o más necesario. Muchas veces, más en los tiempos que corren,  si no sabes cómo comprender a los demás, si no te entiendes a ti mismo, si no sabes cómo abrirte camino en la calle, trabajar en equipo, desenvolverte en el ámbito deportivo o en el artístico, aunque tengas el mayor coeficiente intelectual jamás observado, quizás no estés siendo inteligente con tu vida.
Seguramente el Coeficiente Intelectual fue útil cuando se popularizó y todo un descubrimiento el encontrar la manera de medirlo, a través de tests de inteligencia. Fue un avance y un reflejo y de la era industrial.
Sin embargo, hace ya una treintena de años que el concepto de inteligencia ha ido incorporando nuevos conocimientos científicos, al filo de las nuevas teorías, ampliando así nuestra comprensión. La inteligencia es ahora entendida como una capacidad, no como algo innato y estanco, sino como una capacidad a desarrollar. Además, afirma la existencia de variadas inteligencias, distintas y semi-independientes: la inteligencia lógico-matemática, la lingüística-verbal y también y no menos importantes, la visual-espacial, la corporal-cinética, la musical, la interpersonal, la intrapersonal, la naturalista, la emocional, la espiritual…
La teoría que desarrolló Howard Gardner sobre las inteligencias múltiples es una de estas teorías. La teoría de la inteligencia emocional de Daniel Goleman es otra aportación importante. Nos permiten entender la inteligencia como una capacidad  que se despliega, para relacionar conocimientos que poseemos y así resolver una determinada situación y/o elaborar productos que sean valiosos para los demás. Ser inteligentes es saber elegir la mejor opción entre las que se nos brinda para resolver un problema o situación.

Frente a la complejidad de los tiempos presentes, mejor nutrir cada una de nuestras inteligencias: además de darle al intelecto, igualmente importante es menear el cuerpo, bailar, cantar, crear entornos bellos, relacionarnos con los demás, pasear en la naturaleza, reservar momentos de intimidad, silencio y relajación, conocer y aceptar nuestras emociones y así sacar provecho de todo lo que podemos llegar a ser.

Publicado en el última hora de Menorca, el 1 de Junio del 2013

17 may 2013

HACIENDO CAMINO, AL MEDITAR


Nuestra mente la podemos usar a favor o  en contra nuestro. Si no la atendemos, ni cuidamos de ella se puede erguir como nuestra ama y señora y hacernos pasar malos momentos. Quizás nos repita incesantemente, mensajes de enfado, queja, deseo, preocupación. ¿De qué nos sirven todos estos mensajes, si en definitiva vamos a seguir adelante, viviendo y enfrentando la realidad, de todas todas? Una buena manera de cuidar nuestra mentes y poner orden en nuestro interior es practicando la meditación.
La meditación es una técnica milenaria para el ejercicio de la atención y la ampliación de la conciencia. Existen variados tipos de meditación que se practican hoy en el mundo, dentro o fuera de un contexto religioso. En sí misma, no tiene nada de naturaleza sectaria o doctrinal, puede por eso ser practicada y aplicada por cualquier persona, que profese una fe religiosa o no, con el objetivo de ejercitar su mente y eliminar las tensiones internas y las negatividades que, habitualmente surcan nuestras mentes.
Meditar es un ejercicio saludable para la mente, el cuerpo y el espíritu. Meditar es estar en silencio, calmado, concentrando la atención sobre un objeto externo como una imagen, un mantra o un dios; o interno como la respiración,  el pensamiento, o  la propia conciencia. Es aprender a darse cuenta  de lo que acontece aquí y ahora, en nuestra mente, en nuestro cuerpo y a nuestro alrededor. Es aprender a estar presentes, despiertos, mentalmente abiertos, flexibles, con claridad y paz mental. Así, somos más útiles, eficaces, amables y felices.
Normalmente, aun haciéndonos buenos propósitos, caemos en acometer acciones dañinas para nosotros mismos o los demás. Nuestra mente y nuestra limitada conciencia, a menudo se apoderan de nosotros, a través de deseos, temores, justificaciones o ignorancia y hacemos  lo que bien pensado, no querríamos haber hecho. Sin un buen conocimiento de nuestra mente, nos dejamos llevar por ella, sin tener las riendas.
Meditando podemos observar nuestra mente y no identificarnos con ella. Podemos observar nuestros pensamientos, tomando distancia de ellos y obtener una comprensión más cabal. En cuanto aprendemos a observar nuestra mente y decidimos dejar de forjar acciones mentales perjudiciales, resulta mucho más fácil abstenerse de malos gestos y reacciones emocionales negativas.
Una sencilla manera de meditar que además se puede practicar en cualquier lugar y en cualquier momento es así:
Siéntate cómodamente con tus pies bien plantados en el suelo, tu espalda recta y relajada, en una silla por ejemplo. No hace falta que te pongas en postura “yogui”, sobre todo si no estás acostumbrado. Apoya tus manos en los muslos y cierra los ojos. Lleva la atención a tu respiración, sin forzarla, observándola tal y como está momento a momento. Proponte anclar tu atención en la respiración, observando como entra y sale el aire de tu cuerpo. Observarás que, a pesar de tu propósito, te distraerás. Eso es totalmente normal. Sin embargo, si tan pronto como te das cuenta de tu distracción, traes tu atención de nuevo a tu respiración, ya estás meditando.
Como con toda práctica, a meditar se aprende meditando. Si tienes la oportunidad de dar con un buen maestro, con una buena práctica, mejor que mejor. Si tienes la oportunidad de brindarte ese espacio a ti mismo en tu cotidiano e incorporarlo como rutina diaria, mejor que mejor. Como con toda práctica, sus mejores frutos se dan en el tiempo, es verdad. Tan verdad como que al tiempo se llega, haciendo camino, al andar. Podemos andar nuestra meditación 5 minutitos, un minuto incluso, esporádicamente o diariamente, seguramente, poco a poco querremos saborearla más. Por eso es bueno tener presentes, en nuestra mente, las tres “P” que llama Enriqueta Olivari: paciencia, perseverancia y práctica y con ellas orientar nuestra meditación.
Publicado en el Última Hora de Menorca, el 23 de Mayo, 2013

3 may 2013

OPTIMISMO PARA UN MUNDO MEJOR


En estos tiempos de crisis y cambio, inmersos en este sistema que no refleja verdaderamente lo que somos, ni cuida de nosotros como merecemos, me ha inspirado gratamente, el pensamiento del  autor  de “Un viaje optimista por el futuro”, Mark Stevenson, sobre como los cambios tecnológicos, científicos y de conocimiento están transformando la sociedad en la que vivimos ahora. Y sobre como este cambio, de la era industrial  a la era democrática, cuesta que se haga efectivo. Son muchas y muy rígidas las estructuras (el mercado laboral, la educación, la sanidad, la política, la justicia, etc.) que tienen que cambiar,  para adaptarse a las nuevas necesidades humanas y servirse de los nuevos paradigmas del conocimiento, antes de que alcancemos una nueva realidad.
Los ciudadanos también hemos de adaptarnos a estos cambios, y convencernos de que el mundo podría ser un lugar mejor. Hemos de trabajar para ello de una manera optimista, conscientes de nuestra responsabilidad y poder (más grande que el de los políticos)  para que de verdad, el cambio se dé hacia  donde nos gustaría que fuera: hacia un mundo más amable que cuide del bienestar integral de todos sus ciudadanos. Para adaptarnos a  estos cambios, hemos de cambiar ligeramente nuestra manera de vivir, educar y relacionarnos. La vida es una elección continua, constantemente tomamos decisiones y de ellas depende el resultado que después obtenemos. 
Mark Stevenson se ha dedicado en los últimos años a viajar por todo el mundo, en busca de gente que destaca en el mundo de la ciencia y la innovación, gente que desarrolla cosas buenas y útiles para la sociedad, a pequeña y gran escala, gente que ha creído en que un mundo mejor es posible. Con la finalidad de dilucidar lo que tienen en común estas personas, lo que las une; cual era su manera de pensar o de actuar, para aprender de ellas, extrajo unas características comunes a todas, a las que él llamó “Los 8 principios del optimismo”:
1. Sé optimista, no te conformes con cualquier cosa para tu futuro. Sueña con el futuro tal como quieres que sea.
2. Las personas que hacen cosas que merecen la pena, están motivados por causas que son más grandes que ellas mismas, por un proyecto superior. 
3. Comparte tus ideas, no las protejas. Cuando las ideas se comparten, crecen, se amplifican. Una idea aislada puede acabar estancada. 
4. Toma las decisiones basándote en los principios de la evidencia científica, en los hechos objetivos. Un buen contra-ejemplo sería el de los políticos, que toman las decisiones basados en su ideología y no en lo que realmente funciona como hace un ingeniero cuando construye un puente.
5. No pasa nada si te equivocas, de hecho equivocarse es una manera de avanzar hacia el acierto. El error es no intentarlo. 
6. Somos lo que hacemos y no lo que tenemos intención de hacer. Y la mejor manera de ser lo que somos es, llevándolo a la práctica.
7. Ponte en marcha, supera la resistencia al inicio. Empieza poco a poco hasta conseguir la dinámica de la acción.
8. Trata de pensar cualquier proyecto como un torneo en varias rondas. En cada ronda, vas a fallar un número de veces, mayor al principio y menos conforme tus ideas se vayan conociendo y comprendiendo. Trata de no confundir una ronda con el torneo entero.
Comparto absolutamente con él esta visión. Creo que tenemos que seguir soñando y creando utopías, ya que nos movilizan a seguir haciendo camino con ilusión. Aunque no alcancemos inmediatamente la meta, es seguro que nos aproximaremos más y más a ella. Desde luego, mucho más que si lo que creemos es que todo está fatal y no tiene solución, condenándonos así al fracaso, sin tan siquiera haberlo intentado.

Publicado en el Última Hora, el 4 de Mayo del 2013


19 abr 2013

IMPERFECTOS Y SUFICIENTES


Hay personas a los que la vida parece sonreirles. Lucen una buena disposición, hacen frente a las vicisitudes con resolución y se rodean de gentes que les valoran. En el otro extremo, hay otras personas que parecieran siempre estar incómodos, como que algo les falta, tienen dificultades y la gente que les rodea son también fuente de queja y malestar.
La investigadora y trabajadora social americana Brené Brown realizó un exhaustivo estudio con familias, para ver cual era el ingrediente que hacía que a algunas personas, la vida pareciera sonreirles y  tuvieran una fuerte sensación de valía personal  y las que luchan por conseguirlas. La variable principal que encontró marcaba una importante diferencia. Ésta fue que las personas  a las que la vida trata bien, tienen  una buena autoestima, es decir que sienten amor hacia sí mismos y aceptación por parte de los demás. Y lo más llamativo, es que estas personas    simplemente creen que son dignas de experimentar este amor y esta aceptación, por que sí, siendo tal cual son. Así de sencillo, creen que se lo merecen  y que son dignos de eso, sin más. Estaban dispuestas a dejar de lado lo que pensaban debían ser, para ser quienes son: humanos imperfectos, dignos de realizar sus vidas. Así, facilitaban su relación con los demás, sintiéndose íntimamente unidos a través de la imperfección que nos es común. Ya que como resultado de esta autenticidad, de este atreverse a mostrarse tal cual eran, salía una fuerte conexión con los demás. Se sabían vulnerables e imperfectos. Y en lugar de pensar que esto era algo insoportable y vergonzante,  pensaban que era justamente lo que los hacía ser hermosos y humanos. Era algo necesario por el mero hecho de vivir.
El estudio recogió otros ingredientes diferenciadores de uno y otro tipo de personas:
Coraje fue otro de los ingredientes. Estas personas tenían la valentía de mostrarse, de contar sus historias personales, de reconocer abiertamente quienes eran, no desde la mente si no desde el corazón. Es decir, todas estas personas, tenían coraje de ser imperfectos y mostrarse así, sin trampas.
Eran a su vez, personas compasivas. En primer lugar consigo mismas, siendo amables con sus imperfecciones, aceptándolas. Y luego con los demás. Ya que si no puedes practicar la amabilidad y la compasión contigo mismo, no puedes ser así con los demás.
Así, aceptando esta vulnerabilidad y esta imperfección,  no vivían luchando contra ella o queriendo eludirla, si no que se permitían sentirla. La conciencia de esta vulnerabilidad resultó ser otro ingrediente.
Normalmente tratamos de adormecer las sensaciones desagradables que nos supone la conciencia de nuestra imperfección, con mil y un artilugios. Y son tantas las situaciones donde nos sentimos imperfectos y vulnerables, con miedo a ser rechazados, con miedo a no ser suficientes, a que nadie nos quiera: cuando tengo que ir a buscar trabajo, cuando he de decirles a mis hijos que apaguen la televisión, cuando quiero entablar un poco de sexo con mi marido, cuando tengo que pedir ayuda a un familiar por que estoy en el paro o estoy enferma…Nos cuesta tanto sentir todas estas sensaciones desagradables y reconocerlas. Que las  adormecemos y evadimos: saliendo a comprar, comiendo por encima de nuestras necesidades, medicándonos, mirando la tele, drogándonos…
El problema es que no podemos adormecer selectivamente las emociones que nos hacen sentir mal, si no que cuando nos adormecemos, adormecemos también el resto de emociones, es decir, también la alegría, el cariño, el disfrute. Y entonces nos sentimos miserables y buscamos desesperadamente el sentido y propósito de nuestra vida, sintiéndonos de nuevo vulnerables e imperfectos  y así en un círculo vicioso.
Vivimos en un momento cultural en donde el mensaje que nos llega de afuera es un mensaje catastrofista de escasez, de que todo anda mal. Eso nos salpica y también nosotros nos sentimos insuficientemente buenos, seguros, certeros, perfectos, insuficientemente extraordinarios como para ser dignos de estar bien. Lo que tenemos que hacer es bien al contrario.
Asumir, aceptar, transitar nuestra vulnerabilidad e imperfección sintiéndolas y mostrándonos así con ellas. Abrirnos así evita que nos bloqueemos. Cuando nos guardamos demasiadas cosas en nuestro interior,  quedamos llenos de nudos y es difícil crecer plenamente y sentirnos fuertes en nuestro interior.
Darnos cuenta de que no hemos nacido odiándonos por lo que somos; de que no hemos nacido para guardar secretos eternamente, avergonzándonos de que los demás los sepan. Los demás están en lo mismo que nosotros, no somos tan diferentes. Dándonos cuenta de que somos dignos de la vida con todo lo que nos puede ofrecer, lo difícil y lo estupendo.

Publicado en el Última Hora, el 20 de Abril del 2013

12 abr 2013

LA VÍA DEL AUTOCONOCIMIENTO


Ya decía Sócrates que un primer requisito para caminar una vida en plenitud, es el de la  máxima, “conócete a ti mismo”. Conocernos a nosotros mismos, no sólo nos ayuda a estar bien, si no que es la única manera de ser verdaderamente libres y de poder estar bien con los demás. El desconocimiento y la inconsciencia, están muy unidas al mal: la mayoría de las veces hacemos daño por que somos ignorantes, por que no sabemos de la trascendencia de nuestras acciones.
El autoconocimiento es ese conocerse a uno mismo. Conocer lo que mostramos al mundo y lo que realmente somos. Es el asunto de tener claras las cosas que siento, pienso y hago, las cosas que me gustan y las que no; cómo estoy en el mundo – cual es mi posición con mis amigos, mis padres, mi comunidad; también es tener claro que está pasándome, qué me hace hacer lo que hago; hacia donde quiero ir, lo que quiero hacer con mi vida. Es conocer mis personajes, mi ego, y darme cuenta que soy mucho más que todo eso.
El autoconocimiento convierte cualquier cosa, sea obstáculo o no, en una herramienta para crecer. Normalmente abordamos nuestras dificultades desde nuestro ego, esos personajes con los que solemos presentarnos al mundo y con los que también interpretamos lo que podemos esperar de él. Sin embargo nuestro ego es limitante, es de mente pequeña, una mente inocente que está muy teñida por los problemas del mundo, por los problemas que tuvimos en nuestra infancia. Nos tiene esclavos de falsas creencias e ideas limitadoras, con su rigidez característica.
El ego nos lleva a vivir en un permanente estado de necesidad. Nunca llegamos a satisfacerlo del todo, siempre quiere más. Desde el ego pretendemos que la realidad se adapte siempre a nuestros deseos, necesidades y expectativas egoístas, lo que nos lleva a vivir una vida marcada por el sinsentido, el malestar y la necesidad constante de evasión y narcotización de nosotros mismos.
Practicando el autoconocimiento, podemos conocer nuestro ego e intuir nuestro verdadero yo, nuestra verdadera esencia, que está conectada con la sabiduría, la consciencia, el bienestar, la aceptación, el amor y la creatividad. Cualquier persona que no esté en contacto, aunque sea un poquito, con su esencia, está en vías de deshumanizarse, pues poco a poco va olvidando y marginando sus verdaderos valores, lo que de verdad pulsa en su interior. Desconectándose de sí misma, con la consiguiente repercusión en su forma negativa de experimentar la vida.
Desarrollar nuestra conciencia, nos permite liberarnos de las falsas creencias e ideas limitadoras acumuladas por el ego y que tanto condicionan nuestra existencia. En realidad, todos tenemos nuestro propio brillo interior, aunque a veces lo tengamos muy escondido a nuestra propia mirada.  Hemos de dedicarle un tiempo a observar, a contemplar desde el silencio interior para saber que esto es así. Todos tenemos una tendencia innata a dar lo mejor de nosotros mismos, la capacidad de comprendernos y de encontrar el equilibrio.  Si todo ello no es interrumpido por una sociedad inminentemente egoíca como la nuestra, competitiva, avariciosa y enferma, que nos impulsa a esclavizarnos y a sentirnos separados y en lucha con la vida. Hemos de hacernos cargo de ese condicionamiento para guardar una prudente distancia de seguridad.
Por eso es positivo practicar el autoconocimiento. Para cuestionar nuestro condicionamiento y recuperar el contacto con nuestra verdadera esencia. Y desde ahí, sabernos creadores de nuestra vida, abriéndonos al misterio de lo desconocido, aprendiendo a trascender nuestro egoísmo y egocentrismo para ver a los demás y al medio ambiente que nos rodea como parte de nosotros mismos. Sin  fragmentación, sin separación, sintiéndonos uno, sabiéndonos todo.

Publicado en el Última Hora, el 6 de Abril del 2013